Archifira – Fasnia – Tenerife

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Un anacronismo (del griego ἀνά ‘contra’ y χρόνος ‘tiempo’) se refiere a algo que no se corresponde o parece no corresponderse con la época a la que se hace referencia. Por ejemplo, si en una obra de teatro que se desarrollara durante la Antigua Roma apareciera un personaje usando un ordenador, esta última sería un anacronismo.

Cuanto más digital sea nuestro mundo, más valor otorgaremos a las experiencias no mediadas.

Limitada capacidad de difusión, inmediatez e instantaneidad, eso fue Archifira junto a mis amigos Francis y David; comunicación real, viva y dinámica, comunicación poco reflexiva y a la vez apasionada ante la aventura que implicó el descenso de este olvidado barranco cuyo nombre sedujo a nuestra imaginación, Archifira, e hizo que nos lanzáramos ante un remoto cauce que nos mostró un paisaje salvaje lleno de belleza.

Semanas después, desde la lejana Barcelona, las redes sociales, la tecnología, me dan la oportunidad de disfrutar de nuevo de aquella aventura, de aquella experiencia real, potenciando recuerdos y difundiendo el mensaje de Archifira ante un público anónimo y casi infinito. Hoy en día, con un ordenador conectado a Internet, elaborar una información para transmitirla a través de un medio te permite rememorar aquella experiencia y reflexionar más profundamente sobre lo sucedido aquel día, jugando con los recursos comunicativos y fotográficos bajo una estrategia que me reconduce de nuevo a aquel inolvidable día. En no pocas ocasiones, leído un texto una segunda vez, disfrutamos y percibimos más allá de lo que contiene. Es una comunicación más bien ficticia y lejana al potencial receptor pero cercana y viva para nosotros, un recuerdo a voces que rebota en las paredes de nuestra memoria en forma de grito que reverbera bajo el inolvidable eco del recuerdo.


En la calle donde crecí los vecinos ya no sacan las sillas al aire libre para hablar. Recuerdo de niño la magia de poder mezclarnos con los adultos y escuchar aquellas conversaciones, era fascinante. Algo que en muchos pueblos todavía persiste, pero estoy convencido de que para muchas personas, sobre todo para los jóvenes de las grandes ciudades, la idea de coger una silla y sentarse en la acera a hablar de todo y de nada les parecerá absurda, un puro disparate. Las actividades que hacíamos antes juntos, en grupo, y que hemos ido dejando de hacer están causando la perdida de lo que se conoce como ‘capital social‘. ¿Tanto ha aflojado nuestra inclinación a relacionarnos con los demás y estrechar los vínculos comunes, única vía que refuerza las comunidades a las que pertenecemos?. Cada vez más y de un modo muy acelerado nos estamos orientando más hacia lo individual en detrimento de lo colectivo.

Desde entonces, hemos asistido al estallido de la Web 2.0. y, en concreto, de las redes sociales. Las infinitas posibilidades que nos brindan nos están cambiando la vida en todas y cada una de sus esferas, y lo están haciendo no de una manera episódica o superficial, sino de una forma permanente y profunda. Tanto que, desde mi punto de vista, no seremos capaces de entender la verdadera dimensión de esta transformación que estamos viviendo hasta dentro de mucho tiempo.

Las tecnologías digitales nos ofrecen poder hacer cosas que antes resultaban inimaginables, inequívoca ciencia ficción. El mundo que se nos abre y se continuará abriendo ante nuestros ojos es fascinante. No obstante, como en todo, existen contrapartidas, aspectos menos claros, peligros evidentes. Uno de ellos es la mutación que está produciéndose en la forma como nos relacionamos con los demás. No es poco. Solo hay que recordar que si somos lo que somos, es porque nos relacionamos con nuestros congéneres. Dicho de otro modo, no es solamente que los humanos seamos seres sociales, sino que ‘somos’ porque somos sociales. Lo llevaré al extremo para que se entienda mejor: un hombre o una mujer que nunca tuviera contacto con ningún otro humano sería un ser muy diferente de lo que entendemos por persona.

Sobre lo que (nos) está pasando han reflexionado no pocos expertos. Justamente, acaba de publicarse la traducción al castellano del último libro de Sherry Turkle, profesora del Massachusetts Institute of Technology, ‘Reclaiming Conversation’. La conclusión de la gurú neoyorquina es que a través de las tecnologías establecemos pseudoconversaciones con los demás (sin vernos ni tocarnos, al ritmo sincopado de los 140 caracteres) y pseudorelaciones (las amistades ‘de Facebook), sucedáneos de las conversaciones y las relaciones ‘reales’. Una de las razones para la hiperconexión, apunta, no sería otra que huir de nosotros mismos. Evitar estar solos.

Entre las consecuencias estaría la pérdida de empatía. Y, también, el debilitamiento de los vínculos, la pérdida de capital social personal. El móvil nos permite la conexión perpetua, es decir, tener la sensación de no estar nunca solos. Y interactuar con los demás a distancia, protegidos por el celofán digital, sin los problemas, los compromisos y los peligros de estar frente a frente.

La conversación -base de la amistad y el amor, pero también de los negocios, la educación o de la democracia- se ve amenazada por la irresistible atracción que los móviles y el resto de pantallas ejercen sobre nosotros (una encuesta señalaba en 2013 que el 20% de las personas de entre 18 y 34 años contestaba el teléfono mientras mantenía relaciones sexuales). Hoy en día todos sabemos cómo ‘engancha’ la tecnología, en especial aquellos que tienen hijos, sean pequeños, medianos o grandes.

La profesora Turkle ha lanzado un llamamiento para recuperar la conversación. Quizá no inmediatamente, pero es posible que tenga éxito. Personalmente, sostengo que, cuanto más digital sea nuestro mundo, más valor otorgaremos a las experiencias no mediadas: se trate de ir a ver una exposición de pintura (no imágenes de cuadros en el móvil) o de hacer una ruta con unos cuantos amigos. Incluso puede que se conviertan en una especie de lujo.

En la vida y en la historia las cosas van y vienen. Son ondulantes, como repetía Josep Pla citando a Montaigne. Es posible, pues, que las parejas que hoy son capaces de estar durante todo un almuerzo sin decirse nada porque están concentradas en vigilar y teclear en el móvil -lo presencié hace muy pocos días-, finalmente decidan mirarse de nuevo a los ojos y compartir lo que llevan en la cabeza y el corazón.

Hoy, en Archifira, durante 6 largas horas de descenso, nos alejamos de este actual y vigente mundo tecnológico y virtual, sencillamente disfrutamos de una realidad donde salvar las dificultades de un terreno complejo y peligroso nos lleva a una conexión humana total, reforzando una amistad ya de por sí fuerte y real. Una vez en la “soledad” del descanso, a miles de kilómetros de una isla de Tenerife siempre viva en mi, disfruto de una tecnología virtual en base a un recuerdo humano real, una tecnología que me permite revivir lo que ese día en Archifira sentí y viví, una ruta y aventura que nos regaló y proporcionó sensaciones que ninguna tecnología a día de hoy puede proporcionar: emoción, vértigo, incertidumbre, amistad, aventura, esfuerzo y compañerismo.

Archifira - Tenerife

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Archifira

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Archifira - Tenerife - el chifira

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Área Recreativa El Chifira

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Área Recreativa El Chifira

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Archifira - Tenerife - Galería Cercado de La Viña

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Ha surgido un nuevo ser, hiperconectado, definido por “comparto, luego existo”, pero que se siente solo…

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