Corralejo – Fuerteventura

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Lanzarote (Playa Blanca) – Corralejo – Dunas de Corralejo – Fuerteventura

Fuerteventura y Lobos desde Los Ajaches (Lanzarote)

Fuerteventura y Lobos desde Los Ajaches (Lanzarote)

Puerto de Corralejo - Fuerteventura

Puerto de Corralejo – Fuerteventura

La primera vez que pisé tierra canaria, fue un lejano mes de Abril de 2008; Lanzarote fue mi primera isla, una isla que me cautivó el corazón y me dejó sin aliento; en ese mismo viaje crucé La Bocaina partiendo del puerto de Playa Blanca (Lanzarote) y desde las dunas de Corralejo (Fuerteventura), vislumbré un horizonte que me hizo soñar despierto; decidí conquistar con mi cámara fotográfica todos esos rincones canarios que ni tan solo mi enorme imaginación, en ese instante preciso, podía ni de lejos imaginar; la arquitectura paisajística que se iba abrir ante mis ojos desbordó cualquier intento pasado de intentar dibujar la naturaleza canaria en mi imaginación. Hoy, Diciembre del 2013, miro atrás, y me emociona rememorar todo lo vivido en las islas Canarias; “regreso” es la palabra, que como un eco incesante, retumba en mi interior cada vez que me alejo de ellas…

Fuerteventura - Islas Canarias

Fuerteventura – Islas Canarias

Fuerteventura - Islas Canarias

Fuerteventura – Islas Canarias

Fuerteventura - Islas Canarias

Fuerteventura – Islas Canarias

El paisaje majorero como momento de sentido…

Si, como afirmaba el escritor francés A. de Saint-Exupéry, el paisaje emerge en el esfuerzo de aquel que recorre sus caminos, laderas, llanos o pendientes, y es, por tanto, “construcción de la fatiga”, “disposición del músculo”, “corteza amarga” que ha de ser vencida para alcanzar su fruto y su raíz, parece entonces difícil un pensamiento del paisaje que no sea expresión y parte de esa misma experiencia primordial que es, a la vez, radicalmente corporal, y un movimiento, también, esencialmente espiritual: ejercicio constante de emoción y de razón, latido profundo de un corazón que está a la escucha.

En esta visión, el paisaje es encuentro, lucha o vencimiento de una resistencia que nos da la medida de lo que somos, y como tal, signa un vínculo vital, agónico en buena medida, que nos define íntimamente, y que es, al mismo tiempo, contorno de nuestra exterioridad. Tal imagen del paisaje subraya un emerger conjunto del mundo y del sujeto, que es trabajo del cuerpo, tráfago emocional y expresión mística de un ordenamiento individual, en que la construcción del sentido se produce en el continuo dejarse ser traspasado por el paisaje, por esa “gran voluptuosidad física” (la de las “altas cimas”, en palabras de E. Reclus). Se trata aquí, por tanto, de una suerte de anudamiento en que se conforma nuestra memoria primera, y cuyo movimiento (esto es, el recuerdo mismo) nos arrulla con un ritmo propio, ajeno al paso del tiempo, pues ese “nudo”no es sino llama viva que el cuerpo, en cada paso, ascensión o vuelta al hogar, mantiene encendida.

La metafísica romántica del paisaje (o al menos una parte concreta de sus muy diversas literaturas, y en especial la geográfica) está llena de imágenes y metáforas del esfuerzo, del contacto, de ese cuerpo a cuerpo con el entorno sin el que no puede entenderse, ni establecerse el íntimo diálogo entre el individuo y el paisaje. “Yo te sé peña a peña y rama a rama;/ conozco el agrio olor de tu romero”, cantaba el poeta A. Machado de la Sierra del Guadarrama en su poema “Flor de Verbasco”. Efectivamente, este diálogo se manifiesta como un lento y costoso aprendizaje espiritual que se realiza en y a través del cuerpo, clave de toda “transfiguración”, pues como el propio Saint-Exupéry afirma, en un pasaje casi propio de E. Reclus:

“No hay paisaje descubierto de lo alto de las montañas si nadie ha trepado la cuesta, porque ese paisaje no es espectáculo, sino dominación. Y si te han llevado a lo alto en la litera no ves sino ordenamiento de cosas más o menos sosas, pero ¿cómo las espesarías con tu sustancia?. Porque el paisaje, para el que se cruza de brazos con satisfacción, es mezcla de jadeo y de reposo de los músculos después del esfuerzo, y del azulamiento de la tarde, y está también contento del orden establecido; pues cada uno de sus pasos ha ordenado un poco los ríos, alineado esas cimas, reajustado la arenilla del pueblo. Ese paisaje ha nacido de él, y la alegría que en él descubro es la misma alegría del niño que al alinear sus guijarros ha construido su ciudad y se maravilla, la llena de él. Pero ¿qué niño será feliz al mirar un montón de piedras que no es sino espectáculo sin esfuerzo?”.

Isla de Fuerteventura…

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